magnífico que vender, y le reportaba el doble.
En efecto, ¿qué hombre a quien uno debe diez mil libras se niega
a llevarse un regalo de seis mil, que tie-
ne el mérito de haber pertenecido al descendiente de Enrique IV, y después
de haberse llevado el regalo, no
da otras diez mil libras a tan generoso señor?
Y así fue. El duque levantó la casa; la cual no necesita un almirante
si la tiene a bordo. Además, se des-
hizo de sus armas superfluas, pues iba a vivir entre cañones, y de sus
joyas, que la mar podía devorar; pero
en cambio tenía en sus cofres tres o cuatrocientos mil escudos.
Y en todas partes, en la casa, había personas que creían robar
a mansalva. El lo daba todo. La fábula
oriental en que un árabe saqueando un palacio se apoderó de una
olla en cuyo fondo había un saco de oro, y
a quien todos dejaron pasar sin inconveniente, era una verdad en casa del duque.
Todos estaban contentos
con llevarse algo.
Beaufort acabó por dar sus caballos y vació sus graneros. Además,
se creía que si el duque hacía aquello
era porque esperaba hallar mayor fortuna entre los árabe.
He aquí la situación, de la que se dio cuenta al instante con
su mirada investigadora el conde de La Fere.
Este encontró al almirante de Francia un poco aturdido, pues acababa
de levantarse de una mesa de cin-
cuenta cubiertos donde se bebió en abundancia a la prosperidad de la
expedición, y al llegar a los postres,
se abandonaron los restos a los criados y los platos vacíos a los curiosos.
Beaufort se había embriagado a una con su ruina y con su popularidad.
--He aquí mi edecán, --exclamó el duque al ver a Athos
y a Raúl. --Por aquí, conde; por aquí, vizcon-
de.
Athos buscó un paso al través de los montones de ropa blanca y
de vajilla que cubrían el suelo.
--He aquí vuestra comisión, --dijo el príncipe a Raúl.
Yo la había preparado contando con vos. Id por
delante hasta Antibes. ¿Conocéis el mar?
--Sí, monseñor, he viajado con el príncipe de Condé.
--Bueno. Haced que todas las garrabas estén dispuestas para escoltarme
y conducir mis provisiones. Ur-
ge que el ejército pueda embarcarse, a más tardar, dentro de quince
días.
--Así se hará, monseñor.
--Esta orden os confiere el derecho de visita y de requisa en todas las islas
cercanas a la costa. En ellas
haréis las levas y las requisas que en mi nombre os plazca hacer.
--Está bien, señor duque.
--Y como sois activo y trabajáis mucho, necesitáis mucho dinero.
--Yo creo que no, monseñor.
--Pues yo espero lo contrario. Mi mayordomo ha extendido unas libranzas de a
mil libras cada una, pa-
gaderas en las ciudades del Mediodía. Veros con él y os dará
cien.
--Conservad vuestro dinero, --repuso Athos interrumpiendo al príncipe
--para hacer la guerra a los ára-
bes, tanto se necesita del oro como del plomo.
--Pues yo quiero ensayar lo puesto --replicó el duque, --además
de que ya conocéis mi modo de pensar
respecto de la expresión: mucho ruido, mucho fuego, y si es menester,
desapareceré entre el humo. A vos
os retengo, mi querido conde.
--No, monseñor, me voy con Raúl; la comisión que le habéis
encargado es difícil y penosa, y por sí solo
le costaría demasiado trabajo llenarla. Vos no notáis, monseñor.
en que acabáis de conferirle un mando de
primer orden.
--¡Bah!
--¡Y en la marina!
--Es verdad; pero un hombre como él hace cuanto se propone. --Monseñor,
en ningún otro hombre
hallaréis más celo, más inteligencia y más valentía
que en Raúl; pero si no pudiese efectuarse el embargo
del ejército en el día que tenéis dispuesto, nadie más
que vos tendría la culpa de semejante contratiempo. --
¡Toma! ¿pues no me está riñendo mi amigo?
--Monseñor, para avituallar una escuadra, para concentrar una cuadrilla,
para reclutar a los marineros, un
almirante necesitaría tres meses, y Raúl es capitán de
caballería, y no le concedéis más que dos semanas.
--Pues yo os digo que él lo hará. También lo creo yo; pero
le ayudaré.
--Ya he contado con vos, y aún espero que, una vez en Tolón, no
le dejaréis partir solo.
--¡Ah! --exclamó Athos moviendo la cabeza.
--¡Paciencia! ¡Paciencia!
--Con vuestra licencia, monseñor.
--¿Os vais? Guárdeos Dios y la suerte os ayude.
--Adiós, monseñor, y que también os sea propicia la fortuna.
--Bien, empieza la expedición, --dijo Athos a su hijo. --No hay víveres,
ni reservas, ni flotilla de carga.
¿Qué van a hacer?
--Si todos hacen lo que yo, --repuso Raúl, --no faltarán las vituallas.
LA FUENTE DE PLATA
